En 2025, casi 18 mil personas llegaron a Canarias, España, en forma irregular a bordo de pateras o cayucos provenientes de África. Quienes logran sobrevivir a estos peligrosos viajes, enfrentan discriminación y violencia institucional. Pero su determinación para dejar atrás la pobreza o la violencia es más fuerte y siguen adelante. Te contamos la historia de Isma Ndoye, quien pasó 9 días en el mar, gran parte sin agua ni comida.
La primera vez que salimos juntos fue en una fiesta africana en Puerto de la Cruz. El Magal de Touba es una festividad que celebra la cofradía sufí de los murids en conmemoración de las enseñanzas de su maestro fundador, el morabito Ahmadou Bamba. Él se llama Isma Ndoye —no Ismail ni Ismaïla, sino Isma como solía decir— y esa era su fiesta, celebrada desde la distancia, lejos de su lugar de origen, pero era su fiesta al fin y al cabo.
Ese día vestía sencillo, con sus auriculares inalámbricos de diadema abrazando su cuello, como siempre. Casi todos vestían los boubou de diferentes colores y patrones, una túnica de manga ancha muy usada en África Occidental. Isma, por su parte, no llevaba mucho tiempo en Tenerife y aún no había ahorrado dinero para comprarse uno. «El próximo año lo tendré», decía.
La segunda vez que quedamos fue para ir a desayunar en La Laguna. Hacía sol e iba sencillo, como aquel día en el Puerto, con sus auriculares para escuchar mbalax, un género musical senegalés que fusiona ritmos tradicionales wolof con influencias modernas.

«Trabajaba día y noche en el campo cultivando maní, millo y niébé»
Isma se crió con sus padres y sus tres hermanos en Ndoyène, una zona rural de la región de Fatick, al oeste de Senegal. Allí iba a la escuela, pero la abandonó a los 12 años para apoyar económicamente a su familia. «Trabajaba día y noche en el campo cultivando maní, millo y niébé —una legumbre similar al frijol—. No ganaba mucho dinero y solo podía trabajar la tierra durante una temporada al año».
En Tenerife un kilo de maní cuesta entre 4 y 8 euros en tiendas y supermercados. Sin embargo, en aquel entonces, Isma vendía un kilo por 300 FCFA, unos 50 céntimos. «En una temporada cultivando ganaba 100 000 FCFA (150 euros). Era muy poco y era uno de los motivos por el que necesitaba marcharme», explica.
En 2022, cuando solo tenía 14 años, falleció su padre. Ante esto, sus hermanos decidieron marcharse. «Ese año, mi hermano mayor llegó a El Hierro. Estuvo en el Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) de Las Raíces hasta que lo derivaron a la península, en donde logró ahorrar dinero para irse a Italia». Su otro hermano también emigró a Costa de Marfil, y su hermana, que intentó llegar a Canarias en un cayuco en dos ocasiones, no lo logró. «Ahora ella está casada en Senegal», cuenta.
«Fue un viaje muy difícil y toda mi familia me despidió llorando»
En marzo de 2024 le tocó el turno a Isma. Partió desde su pueblo a Gandiol, un municipio costero cerca de Saint-Louis. «Fue un viaje muy difícil y toda mi familia me despidió llorando. Estuvimos tres días en coche y nos llevó el mismo capitán de la embarcación». Su hermano ya tenía su contacto y, desde la distancia, en Italia, fue el que lo organizó. «Lo pagó directamente, no sé cuánto fue, pero sé que era mucho dinero», titubea.
No mucho después de llegar, y con 16 años, embarcó de madrugada. «Éramos 159 personas y pasamos nueve días en el océano. No conocía a nadie. La mayoría eran de Senegal, pero había gente de Mali y Gambia».
«Tuve que beber agua del mar»
Con la voz entrecortada, Isma cuenta como apenas tenían espacio para acomodarse —de ahí la leve cojera en su pierna derecha— y que al cuarto día se quedaron sin comida ni agua. «Había que dormir sentados y hubo muchas peleas porque la gente quería acostarse y no cabíamos. Yo no tuve otra opción y tuve que beber agua del mar, tenía mucha sed, estaba desesperado. La gente llegó débil, sin dormir y con dolor en todo el cuerpo».

Llegó al sur de El Hierro el 2 de abril de 2024, en donde Salvamento Marítimo y la Cruz Roja lo asistieron entre lágrimas. «Tres días antes mi familia se enteró que había llegado una embarcación con algunos muertos, pensaban que yo era uno de ellos. Creían que había muerto», cuenta. No obstante, él aún no había hablado con sus familiares, y sin apenas equipaje estuvo 48 horas sin salir hasta que lo derivaron al CATE de Las Raíces, gestionado por la ONG Accem en Tenerife.
«Pensaban que yo no seguía vivo»
Ya en la otra isla, «a mí solo me pidieron las huellas y me sacaron una foto porque llevaba conmigo el documento de identidad de Senegal». Allí estuvo doce días hasta que, de nuevo, y gracias a su documentación, lo derivaron a un centro de menores en La Orotava. Pero antes, tras varias pruebas para comprobar su documentación y edad, consiguió llamar a su madre. «No paramos de llorar, ella pensaba que yo no seguía vivo», recuerda.
«En el centro había educadores buenos y otros malos. Algunos nos ayudaban con los cursos y con los papeles, pero otros nos faltaban el respeto y estuvieron a punto de pegar a varios chicos». Aun así, y con la seguridad de tener un techo, su objetivo era estudiar y trabajar. «Cuando aprendí algo de español hice varios cursos. De reponedor, de camarero, de ayudante de cocina y de carretillero, por si trabajaba en un supermercado».
Gracias a la formación pudo iniciar unas prácticas y encontrar un trabajo. «El Hotel Valle Orotava —en Puerto de la Cruz— quería un ayudante de cocina, pero no pude trabajar de inmediato porque me quedaba una semana para arreglar mi documentación. Ellos me esperaron».
Cuando cumplió 18 años, en 2025, la dirección del centro quiso que se marchara. Con el dinero que había ahorrado, logró, junto a un compañero, encontrar un apartamento en el barrio de Ofra, en Santa Cruz, aunque no fue fácil. «No tenía a dónde ir. Lo único que conseguí fue un sillón por 300 euros al mes, pero cuando encontré algo mejor me amenazaron con no devolverme la fianza. Nadie quería alquilarnos un sitio».
A pesar de ello, renunciaron a recuperar la fianza y viven en otro piso en mejores condiciones, también en Ofra. Ahora, «quiero seguir aprendiendo, ganar dinero para mi familia y, algún día, quisiera volver a Senegal y comprarle una mejor casa a mi madre», termina.








Sii
Isma un homme à l’état pure, on a presque passé tout ensemble. Un homme sage, calme, courageux…