El diputado demócrata dijo que, tras la reforma de la ciudadanía italiana, el país va camino a perder un tercio de su población debido al «repliegue soberanista» del gobierno de Meloni. Compartimos las declaraciones completas.
El debate de la ciudadanía italiana no está cerrado
Fabio Porta es diputado italiano en representación de la ciudadanía italiana residente en Sudamérica. El dirigente del PD fue uno de los principales opositores a las reformas a la ciudadanía italiana impulsadas por el gobierno de Giorgia Meloni (del partido Fratelli d’Italia) y sus socios Antonio Tajani (Forza Italia) y Matteo Salvini (Lega).
A propósito de la Asamblea que el Consejo General de Italianos Residentes en el Exterior (CGIE) está realizando por estos días en Roma, el diputado hizo declaraciones criticando el apuro con el que esta reforma tuvo tratamiento en el Parlamento Italiano (apurado por un decreto ley que debía ser ratificado en 60 días).
Las declaraciones de porta llegan casi en simultáneo con las declaraciones del Presidente de Italia, Sergio Mattarella, quien en la apertura de la Asamblea 2025 del CGIE, instó a los participantes a reconsiderar la reforma legal aprobada semanas atrás.
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El mensaje de Porta: «ciudadanía italiana sin ciudadanos»
A continuación, compartimos íntegramente el artículo de Fabio Porta:
El gobierno italiano quiere condenar a Italia al desierto demográfico
«Ni sangre, ni suelo. La reforma en sentido restrictivo del ius sanguinis marca, para el gobierno Meloni, una nueva etapa del repliegue soberanista»: así lo escribía el sociólogo y escritor italiano Pippo Russo tras la conversión en ley del decreto fuertemente impulsado por el gobierno Meloni-Tajani-Salvini y defendido con tenacidad en el Parlamento por los tres partidos que lo sostienen.
Una síntesis perfecta, casi una sentencia inequívoca que condenaría a Italia a un invierno demográfico que podríamos rebautizar como “desierto demográfico”, si tenemos en cuenta las tendencias estadísticas de la población italiana, que desde hace algunos años señalan un declive progresivo e inexorable.
Las previsiones más pesimistas —aquellas que no contemplan en los próximos años ni un aumento significativo de los nacimientos ni una inversión en las políticas migratorias (es decir, el escenario actual italiano)— indican que dentro de cincuenta años Italia habrá perdido un tercio de su población, pasando de los actuales 60 millones a una cifra apenas inferior a los 40 millones.
Una población dramáticamente insuficiente para garantizar la competitividad económica y, sobre todo, la sostenibilidad de nuestro Estado de bienestar, con un sistema sanitario y previsional incapaz de sostenerse.
Un querido amigo cuestiona mi insistencia en trazar un paralelismo entre las políticas restrictivas en materia de ciudadanía (sobre todo las relativas a las comunidades residentes en el extranjero) y el descenso demográfico en curso: en cierto modo tiene razón, porque el aumento del número de italianos residentes en el extranjero, así como su eventual regreso a Italia (siempre que existan adecuados programas de incentivo), no serían por sí solos capaces de revertir una tendencia tan fuerte y sostenida.
Pero se equivoca al no comprender que —como nos recordaba Pippo Russo en su artículo “Si al gobierno le falta una idea de ciudadanía”, publicado en el diario Il Domani— en ausencia de una política inclusiva y atractiva en materia de emigración e inmigración, Italia se deslizará lenta y progresivamente hacia una esterilización de sus recursos humanos, aquellos que en el pasado hicieron de nuestro país una potencia reconocida mundialmente.
Ese era el juego en disputa el pasado mes de mayo en el Parlamento italiano, cuando los parlamentarios de la oposición —en especial los elegidos en el extranjero— lucharon con firmeza, con argumentos y pasión, para denunciar la falta de visión de un gobierno que, con el objetivo de combatir el fenómeno de la mercantilización de la ciudadanía y el colapso de tribunales, municipios y consulados, eligió el camino más fácil en cuanto a resultados, pero al mismo tiempo el más devastador en términos sociales y económicos.

Al fijarse en el “dedo” de algunos casos execrables (empezando por el vergonzoso “Black Friday” de la ciudadanía, que fui el primero en denunciar hace dos años desde esta misma columna), el gobierno dejó de ver la “luna” de una Italia fuera de Italia, a la cual deberíamos estar eternamente agradecidos por el aporte inconmensurable dado al crecimiento del país, y con respecto a la cual podríamos haber sido acreedores en los años venideros gracias a la internacionalización de nuestro Made in Italy y al retorno de los descendientes de italianos.
Lamentablemente, la arrogancia de un gobierno que recurrió al decreto de urgencia para evitar el debate parlamentario y el diálogo con los organismos de representación de los italianos en el mundo, no nos permitió profundizar sobre un tema que merecía más respeto y consideración.
Probablemente, fueron más fuertes las presiones de aquellos diplomáticos que siempre han considerado un fastidio las colas de ciudadanos italianos en los consulados, y quizás también la influencia de los Estados Unidos de Trump, reacios a aceptar miles de latinos con sangre italiana, y por lo tanto no fácilmente rechazables en las fronteras.








Excelente. En mi opinión Italia siempre les ha molestado a sus connacionales en el exterior. Y ahora con el Gobierno de Meloni buscaron una escusa perfecta. Casi una copia de los EEUU. Pero pienso que debe haber formas de impugnar.