Eliana Yost, migró a Estado Unidos y logró instalarse luego de un largo padecimiento, matizado por grandes momentos de su vida. La cordobesa cuenta su historia a InfoCivitano.com, que inspira a sus seguidores en las redes sociales.
Pocas veces se encuentran ocasiones de parafrasear la comentada película El Diablo viste a la moda, en la que una descollante Anne Hathaway, junto a una mejor Meryl Streep, interactúan a través de un drama en la que la tímida Andy Sachs (Hathaway) conquista a Miranda Priestly (Streep) y al mundo de la moda aún viniendo de una posición de desventaja.
La película se debate entre cómica y salvaje; entre pasatista y profunda. Pero al final deja en boca un sabor interesante y propone que no todo vale cualquier sufrimiento.
Lo mismo le pasó a nuestra Eliana Michelle “Eli” Yost (28), una adulta que cuando era niña, en su Córdoba natal (Argentina), vendía alfajores para salir de la pobreza. Ahora conquista Nueva York (Estados Unidos), vive de su arte y aporta una mirada crítica sobre los sacrificios que hacen las personas durante la migración.
Miles de seguidores ven a diario sus posteos de Instagram, en los que si oculta alguna sensación, casi no se nota: llora cuando está triste, insulta cuando algo la enoja, dice cuánto le cuesta hacer cada cosa en la vida, le manda saludos a la familia (a quienes extraña con un ardoroso sentimiento) y se auto felicita por todo lo que consiguió.
Su cambio de vida se remonta al 2021, cuando golpeaban fuerte los casos de muerte por Covid-19 en Latinoamérica, más precisamente en Córdoba, Argentina.
Allí decidió aplicar al Au Pair, un sistema de intercambio cultural que permite a jóvenes extranjeros vivir con una familia estadounidense, cuidar a sus hijos y participar en actividades culturales a cambio de alojamiento, comida y una pequeña remuneración.
Pasó momentos tan buenos, al principio, como demoledores, hasta que decidió volverse. Pero para llegar hasta ese punto crítico nos falta conocer su rica historia.
Ahora está casada, vive del teatro y de la confección de vestuarios. Accedió a contar su experiencia a InfoCivitano.com.
Un rápido pantallazo por el pasado y el presente de la artista en Estados Unidos
A las 19.30 de Argentina y las 18.30 de Manhattan, Eli suena cansada mientras pone una pausa en su cambiante rutina. Su vida, cuenta, está muy acelerada. Vive en Union City, a seis “stop de colectivo” (paradas) de Manhattan. La casa que renta está situada a la orilla de la descomunal isla, cruzando por un gran túnel.
Tres años atrás no hubiese imaginado este presente.
“Vengo de una familia muy estudiada, cuyo buen pasar económico fue fugaz y luego se derrumbó. A partir de allí, todo fue pobreza, antes y después de ese momento. De pequeña, entre los 5 y los 11 años, vendía alfajores en una villa serrana (La Serranita) para subsistir económicamente”, rememora.
Cuando pensaba en lo que iba a querer para su vida, la meta era mudarse a Buenos Aires y dedicarse a hacer teatro, disciplina en la que obtuvo un título universitario en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
También hace confección de vestuarios para obras. Esa actividad es la que le provee un sustento económico, suficiente para alquilar, pasear, proyectar junto a su esposo (ya hablaremos de este capítulo) y enviar regalos a sus familiares.
Aprendió por tutoriales en internet, durante la pandemia, corte y confección.
En concreto, es vestuarista para compañías que montan espectáculos teatrales en Estados Unidos. Lo hace para Teatro Círculo (proponen escenas latinas) y para Repertorio Español, que es la compañía con mayor reservorio hispanohablante de este arte en Nueva York.
El comienzo de la aventura: cuando migrar es una elección de vida
Cuando estaba recién recibida, Eli se propuso aprender inglés. Pero su desafío fue en grande: “Me dije que quería aprender el idioma en Estados Unidos. Me habían sugerido el programa Au Pair, para ser niñera”, recuerda.
Por aquel entonces ya era actriz para algunas compañías y le iba bien: vivía sola, en un departamento de barrio Alberdi (zona céntrica de la ciudad de Córdoba), detrás de un centro cultural recuperado llamado “la Piojera”.
Sin embargo, sentía que debía dar un salto y se tomó un avión, sin ahorrar en escalas, hacia California. Desde allí fue a parar a un poblado con apenas mil habitantes, Felton, ubicado en el condado de Santa Cruz (California), popularmente conocido entre los amantes de las tablas de Surf por ser un poblado donde se elaboran miles de tablas.
“No migré porque no me gustara la vida que tenía. Trabajaba en un call center pero la pasaba muy bien. Hacía teatro, actuaba en dos obras y al poquito tiempo, antes de venirme, me recibí”, dice sobre aquellos días.

A diferencia de otras aplicantes al mismo programa, ella tenía un nivel muy bajo de inglés. “Llegué en abril del 2021. 30 días antes me enteré que iba a viajar. El programa generó un permiso para ‘personal indispensable’ y tuvimos visas de emergencia”, rememora.
Migrar o volver: una contradicción compleja de superar
“A pesar de que en las redes mostramos una vida perfecta, el primer año lloraba, me quería volver, tenía ansiedad. Vivía con estadounidenses el 100 por ciento de mi día. En diciembre de ese mismo año me pagué un vuelo y volví”, comenta.
Pero una vez en Córdoba sintió que algo había cambiado. Sintió que ya no pertenecía a esa ciudad.
“Amo Córdoba. La recordaba perfecta y limpia. Pero cuando volví, ya no estaba así. Cada vez que escuchaba una moto cerca (por los ladrones que atacan en estos vehículos), me transpiraba la mano. Tenía una sensación constante de miedo. Yo no quería eso y migrar se volvió una necesidad”, explica sobre el drástico cambio de enfoque.
Otro tema que le costó sobrellevar, recuerda, fue el cambio de la apariencia física y las repercusiones que debió soportar en las opiniones de los demás.

“En Argentina hay una costumbre de juzgar el peso corporal. Me costó enfrentarla. Antes veía estas cosas como algo normal; pero al volver no sentí el hogar”, lamenta al recordar por qué decidió volver a Estados Unidos.
Una crítica al programa Au Pair
Otro de los aspectos que a Eli le costó superar fue la decepción con el sistema que utilizó para poder entrar a Estados Unidos.
“Cuando migramos nos queremos arrancar las raíces y pensamos que vamos a hablar solo inglés, por ejemplo. Es muy cruel esto. Viví todo el día con gente que hablaba en otro idioma, con otras costumbres y fue una tortura”, dice.
Llegó un momento en que ya no soportó vivir siendo niñera. “No mientan en ese programa a la hora de aplicar: no está tan copado encontrarse con algo a lo que uno no se va a poder adaptar”, advierte.
Su primera familia de acogida (host), evalúa, fue la excepción a la norma. “Ellos querían ser padres. Pero la costumbre general es dejar a los chicos en manos de la niñera y que los cuide otro, no los padres. Vivía en un bosque, la pasaba hermoso, pero los niños hacen capricho y vos tenés que estar pendiente las 24 horas”, comenta.

Con su segunda familia la pasó mal. “Tenían mucho dinero y me hacían notar que no era de su religión y que mis orígenes eran latinos. No era parte de la familia, no les importaba el tiempo y horario de descanso: tenía que hacer lo que ellos me indicaran sin importar el momento”, critica.
También le pedían que limpiara y hasta la dejaron con una decena de albañiles durante una refacción programada de la vivienda, mientras tomaban unas vacaciones en familia en España.
“El programa me quitó la salud mental: vivía donde trabajaba y no paraba nunca. Me hizo mucho daño. También conocí a otras chicas con título universitario, con crisis existenciales, haciendo cosas que no querían para poder vivir”, evalúa.
Finalmente, sus host le pidieron un “re-match”, que básicamente es un despido para incorporar a otra niñera del mismo programa. “Me dijeron que no me veía feliz y que ellos querían a alguien sonriente en la casa. Les dolía mucho por los chicos, que se habían encariñado, pero no querían tener a una persona así”, cuenta sin ocultar su reproche.
Nueva vida, Nueva York
Abandonó el programa. Gestionó una visa artística por su conocimiento en teatro. Es un trámite engorroso, caro, a través del cual el Gobierno estadounidense evalúa las condiciones de un exponente para aceptar su permanencia en el país.
“Luego de que me aceptaron y me dieron la visa artística, trabajé como niñera de manera particular. Junté dinero, porque lo que ganaba en el anterior programa al cabo de una semana, lo ganaba en un día de manera particular”, explica.
“Nada es fácil. Tuve que demostrar la carrera en Argentina, pagué muchísimo dinero a abogados y me propuse como un valor artístico para que me eligieran. Me ayudaron mis compañeros de Círculo Latino”, agradece.
El teatro, dice, la salvó de distintas situaciones toda su vida. No da mayores detalles. Hace una pausa que transmite un dejo de tristeza.
“En Estados Unidos, el teatro me abrió las puertas a todo. Me casé con un cubano, con quien nos conocimos en enero de este año y contrajimos matrimonio en mayo. La convivencia intercultural no es fácil, es un desafío, porque lo que es normal y básico para él, es una locura para mí”, reconoce.
El chico es contador y, a decir de Eli, son como el agua y el aceite que no están hechos para juntarse. “Eĺ es fanático del fútbol, tiener una vida equilibrada. No le gustan los excesos. Yo soy el desborde, el descontrol, la artista”, se ríe.
Cuando estaba migrando, su actual esposo le respondió una de las tantas historias de Instagram en las que contaba su experiencia. “Le apareció un reel, me escribió y no nos dejamos de hablar. Lo que tiene el cubano es que tiene mucha labia, peor que el Argentino; me convenció. Ahora vivimos en su departamento”, cuenta.
Subraya que en Estados Unidos pudo cumplir sus metas: “Te ponés una meta y lo lográs. Si una semana querés hacer 300 dólares extras, los podés hacer. Depende de vos mismo. No quiero decir con esto que sea fácil: acá se trabaja mucho”, opina.
Cómo es su vida actual y cuál es su consejo
Eli se levanta cada día a las 6.30. Se toma el colectivo a Manhattan y luego el subway (metro). “Ahí sí pueden pasar muchas cosas: no te van a matar por un teléfono, pero te pueden tirar de la vía del tren o podés quedar en medio de un tiroteo”, reconoce.
Llega a la compañía de teatro donde trabaja y permanece allí hasta las 17. Piensa que mucho público la sigue en redes porque muestra “la cara fea” de la vida y dice lo que piensa. “Nunca la voy a caretear. Estamos acostumbrados a que el papá de los migrantes tiene muchos dólares en la cuenta: en mi caso, todo lo contrario. Me costó mucho y casos así dan esperanza”, subraya.
A la nena que vendía alfajores le dice que “no quedaba otra, había que sobrevivir y no alcanzaba la plata en la casa”. A las personas jóvenes les dice que se animen, que todo es posible. Ella misma lo comprobó.







